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El intelectual vive en la cárcel de la Teoría

El intelectual goza de un prestigio artificial, autogenerado y poco reflejado desde la dimensión natural. Un intelectual busca dicho prestigio y reconocimiento en la acumulación de conocimientos. Como si de una pequeña biblioteca personal se tratara, el intelectual presumirá de sus libros leídos, y del conocimiento acumulado, pero será esta su propia cárcel autogenerada desde donde mirará como pasa la realidad por el ojo de la cerradura, sometiendo toda vivencia y razonamiento a lo incorporado a través de los libros, que por supuesto, otros habrán escrito desde sus perspectivas, algunas veces desde la falsedad del ego. En última instancia el intelectual será prisionero de sus conocimientos acumulados y escasamente comprobados en el hilo de la experiencia.
El intelectual habla altivo, con mucho conocimiento de cómo es el fruto de la pera, y la describirá al detalle, pero no sabrá cómo “sabe”, de ahí la sabiduría. Esta viene dada por la experiencia y por la unificación de la razón y la intuición, de lo humano y lo divino, de lo visible y lo invisible. El sabio ha buceado en su interior y experimentó el universo, sus leyes, sus rincones luminosos y oscuros, y su fuente creadora que se expresa en él mismo como un terminal. El intelectual se queda en su propia cárcel de teoría que le da prestigio sólo a sus egos, algo muy perecedero. Así, tendrá que renovar una y otra vez ese anhelado reconocimiento, ya que se escurre como arena fina entre los dedos. El intelectual se queda en la cárcel de la teoría acumulando conocimientos que irá viendo cómo cambian en función de quién escribe y del momento histórico que lo envuelve. La sabiduría es imperecedera.
Hoy en día vivimos rodeados de intelectuales, repetidores de libros y revistas “prestigiosas”, pero con poca autogestión, investigación y experimentación. Se les hace caso a los intelectuales, que hablan alejados de la experiencia, y se pone en sus manos nuestro preciado tesoro de la vida.
La “Titulitis” no necesariamente trae aparejada la sabiduría, más bien construye los muros del intelectual, que se yerguen como un laberinto complejo e inútil. Autodestitularse puede ser un ejercicio sano y liberador para el alma y la mente, y no por eso renunciamos a los conocimientos valiosos que otros nos transmitieron generosamente. Sin embargo, por leer a buda no significará que haya apropiado sus conocimientos. Justamente se cuenta que buda se retiró a experimentar en carne propia lo que eran intelectualismos. Si quiero saber cómo sabe la pera tendré que buscar el árbol que da sus frutos, recogerla en el momento propicio, incarle un bocado y degustarla, apreciar sus sabores y en última instancia experimentar sus beneficios digestivos. Luego podré hablar del fruto de la pera y cómo “sabe”.
Debemos retornar a un mundo donde los sabios y sabias guíen y guarden el fuego sagrado del conocimiento unificado, convertido en sabiduría. Los sabios y las sabias sabrán responder con un lenguaje llano y sencillo a las cuestiones mundanas y espirituales. Los intelectuales no guardan el fuego sagrado de la sabiduría.

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